sábado, 23 de septiembre de 2017

PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

QUÉ HARÍA YO SIN TI
UNA se extendió durante largo rato explicando el porqué de su decisión de separarse. Para UNA la culpa la tenía UNO que en tantos años de casados nunca le había dado una muestra de cariño, más bien la había estado criticando por su manera de proceder. Recalcó además que el muy desgraciado no había respondido adecuadamente a su necesidad de sentirse protegida y que esa indiferencia la había conducido inevitablemente a buscar refugio en otros brazos y por ende muy a pesar suyo, a tener una vida paralela. UNO por su lado, insistía que ella nunca había respondido adecuadamente a su rol de esposa, que había evitado una comunicación sincera y que no había dado muestras de amarlo como siempre señalaba en cada una de las discusiones. Que debido a estos motivos siempre la había estado acosando para que se sincerara y lo tomara en cuenta. El terapeuta que iba hábilmente recogiendo la información que UNA y UNO soltaban a diestra y siniestra, se empeñó en que los dos tomaran consciencia de sus respectivas responsabilidades en el conflicto. Ambos habían sostenido actitudes y comportamientos inadecuados a lo largo de su relación. Habían desempeñado roles que se complementaban y que se necesitaban mutuamente para poder ser “actuados”.
Desde que nacemos vamos desarrollando un “guión de vida”. De acuerdo al tipo de relación que establecemos a lo largo de nuestra infancia con los responsables de nuestra crianza y la vivencia de algunos acontecimientos decisivos, favorables algunos y negativos otros, desarrollamos una idea de “quienes somos” y “cómo” debemos comportarnos. Para ello, en el escenario de la vida, necesitamos juntarnos con actores que permitan sostener y justificar nuestro guión.

Es muy probable que UNA nunca haya querido a UNO y que UNO nunca le haya interesado realmente encontrarse con alguien que de verdad lo quisiera. Sin embargo, ambos han encontrado como “actuar” en la vida. Como veremos: “Qué haría yo sin ti”.

PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

NO HAY NADA OCULTO BAJO EL SOL
UNO se presentó a la entrevista de trabajo impecable. Todo bajo control. La ropa, el peinado, los zapatos, el portafolios. Había repasado las posibles preguntas, repasado tutoriales en internet. Buen currículo, altas calificaciones académicas. Sin embargo, al entrevistador algo no le “cuadró” y UNO no fue aceptado. ¿Por qué no? ¿Qué pasó?
Los psicólogos Luft e Ingham creadores de la Ventana de Johari pueden darnos algunas claves para entender lo que pudo haber pasado. La ventana de Johari se divide en cuatro zonas en función del grado de conocimiento que tenemos de la información que emitimos. De esta manera, la primera zona llamada ZONA PÚBLICA, representa toda la información que tenemos consciente de nosotros mismos y que circula libremente con los demás. Otra, la ZONA SECRETA, es también toda la información que tenemos consciente de nosotros mismos, pero de manera restringida e íntima.
La ZONA PÚBLICA de UNO, en el contexto de la entrevista, está representada básicamente por toda la información que ofrece su manera de vestir, su currículo, el contenido y la forma de su presentación y de las respuestas que da al entrevistador.
Otra de las zonas, es la ZONA DESCONOCIDA que no está controlada por nadie. En esta zona se encuentra todo el contenido de nuestra “sombra”, aquellos aspectos ocultos de nuestra psique, y todos aquellos talentos y potencialidades que aún no han salido a flote. En la última, la ZONA CIEGA, todos los demás nos ven y nos observan y sacan sus propias conclusiones sin que nos percatemos de ello. Por lo general esta información no nos llega nunca salvo a través de la retroalimentación.
UNO estuvo durante toda la entrevista con los hombros encogidos, las manos inquietas y la frente sudorosa. Además, su tono de voz en las respuestas fue áspero y su mirada rígida. Sin lugar a dudas, detalles como éste, y otros tantos que el ojo experto del entrevistador seguro no habrá dejado escapar en su evaluación, formaron la ZONA CIEGA de UNO. En otras palabras, por mucho que lo intentemos “No hay nada oculto bajo el sol”.

PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

¿INTELIGENCIA PARENTAL?
Por lo general para determinar la valía de una persona se tiene la costumbre de etiquetarla de acuerdo a su Cociente Intelectual. Sin embargo, esta manera restringida y pobre de concebir el intelecto, ha caído en desuso desde que Howard Gardner presentó su estudio sobre las Inteligencias Múltiples. El ser humano dispone de diversas habilidades mentales que son independientes entre sí y que constituyen sus fortalezas. Gardner nos habla de ocho distintas habilidades mentales: Inteligencia Lingüística (facilidad con la que escribimos y comprendemos lo que dicen los demás), Inteligencia Lógico-matemática (facilidad para realizar operaciones mentales relacionadas con un sistema formal), Inteligencia Espacial (habilidad a la hora de recrear y manipular espacios en nuestra imaginación), Inteligencia Musical (facilidad para elaborar y apreciar la música), Inteligencia Corporal (facilidad para conectar con el propio cuerpo), Inteligencia Intrapersonal (facilidad con la que aprendemos a analizar todo aquello que ocurre en nuestra mente), Inteligencia Interpersonal (facilidad de establecer empatía con los demás), Inteligencia Naturalista (facilidad de tener éxito en el uso de los elementos que nos ofrece el entorno, de manera creativa y novedosa).
Más tarde, el psicólogo Daniel Goleman popularizó la Inteligencia Emocional. La definió como todas aquellas habilidades emocionales que influyen decisivamente en nuestra vida diaria. Somos Inteligentes Emocionalmente si tenemos Autoconocimiento Emocional, Autocontrol Emocional, Automotivación, Reconocimiento de Emociones en los demás (empatía) y Relaciones interpersonales o habilidades sociales.
Más recientemente hemos empezado a hablar de la Inteligencia Parental. Cuando no la tenemos bien desarrollada, muchas de las conductas de nuestros hijos logran desbordarnos emocionalmente. Rabietas en lugares públicos, pataletas con las comidas, agresiones entre hermanos o hacia otros niños y rechazo a irse a dormir; son tan sólo algunas de las tantas con las que a menudo nos enfrentamos. Cada vez que aparece este tipo de comportamiento y nosotros los padres intentamos controlarlos y modificarlos, pero fracasamos, no sólo hacemos que el problema persista y se repita una y otra vez, sino que nos sentimos más frustrados por no ser capaces de resolver adecuadamente la situación, y culpables por no saber ejercer apropiadamente el rol paternal que sentimos nos corresponde. Tras cada intento frustrado de solución, toda nuestra “emocionalidad” distorsionada aumenta su presencia y le resta objetividad a los esfuerzos que intentamos una y otra vez. De esta manera y sin percatarnos de ello, los padres pasamos a ser parte activa del “problema”.
Nosotros, los seres humanos, nos olvidamos con frecuencia que llegamos a nuestra existencia con la tarea implícita de preservar la vida y garantizar la continuidad de nuestra especie. Es algo que hemos venido haciendo durante milenios y que nos ha permitido llegar hasta nuestro presente. Es una “fuerza” que se encuentra presente en nuestra programación básica. La llamamos Instintiva cuando nos referimos a la vida de los animales, pero por lo general no la calificamos de esta manera cuando hablamos de seres humanos. Con los años hemos dejado que nuestra cultura (religión, leyes, medicina, educación) se encargue de marcar las pautas de nuestra existencia en todos sus aspectos, de decirnos cómo ver y actuar, en esencia cómo debemos ser, incluso en contra de nuestra propia programación genética. En los últimos años han surgido movimientos que intentan desde diferentes ámbitos rescatar este “instinto parental” inherente a la condición humana. Asociaciones que desean rescatar la importancia del parto respetuoso, de la lactancia materna, una educación más “humanizada”, de alcanzar un mundo más limpio y adecuado para nuestros hijos. Este esfuerzo consciente lo incluimos en lo que denominamos Inteligencia Parental. La relación que sostenemos con nuestros hijos difiere de la que podemos sostener con otras personas. En primer lugar, el interés y el afecto que colocamos en ellos se destaca por encima de cualquier otro, esto debido en gran parte a ese factor “instintivo” al que hemos hecho referencia antes. En segundo término, el número de intercambios emocionales que sostenemos con nuestros hijos desde que los gestamos hasta que logran valerse por sí mismos son muchísimos más que con cualquiera otra persona. Tercero, nuestros hijos con sus comportamientos nos “tocan” muy a menudo nuestra “sombra” como ningún otro ser humano. Entendemos como “sombra” a todos aquellos aspectos inconscientes que hacen parte de nuestra personalidad y que, por no encontrarse adecuadamente resueltos, no tienen acceso a nuestra consciencia.  Nuestros hijos nos “llevan” a “revivir” nuestra propia relación con nuestros padres y la trayectoria de nuestra infancia. A riesgo de que parezca exagerada la expresión, con frecuencia decimos que: “Nuestros hijos han venido al mundo, entre otras cosas, para recordarnos quiénes somos y qué aspectos de nosotros mismos debemos atender y resolver”.
La Inteligencia Parental puede resumirse en la capacidad de hacerse cargo de manera proactiva del proceso de embarazo y parto; en la capacidad de desarrollar destrezas básicas en el cuidado y relación con el hijo (apego positivo) desde que nace hasta que se convierte en autónomo e independiente; en la capacidad de ofrecer los cuidados físicos necesarios de alimentación, higiene, atención de enfermedades y vestido; en la capacidad de reconocer los sentimientos propios y de los hijos de manera objetiva y saber atenderlos adecuadamente; en la capacidad de ser afectuosos; en la capacidad de saber llevar una comunicación adecuada y atender con acierto los problemas que se presentan (rabietas y otras conductas; en la capacidad para distinguir objetividad y “sombra”.
Cada uno de nosotros con una simple reflexión “sabe” o intuye cuando es el momento de generar algún cambio interno y por lo tanto cuando es menester solicitar la ayuda adecuada. Desarrollar nuestra Inteligencia Parental nos permite disponer de todo nuestro potencial y disfrutar plenamente de la vida.

PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

¿ES POSIBLE EL “RECICLAJE” DE VIEJOS AMORES?
UNO UNO fue el primero en hablar en el “grupo de encuentro”. Con vehemencia rechazó esta posibilidad porque para él lo que no funcionó en un momento y murió, muerto está.
UNA DOS tímidamente, pero con la certeza de quién creer tener la razón, levantó la mano y sin esperar permiso alguno, presentó toda una argumentación a favor de la posibilidad positiva de retomar una vieja relación. Es cierto que cualquier final deja cicatrices, pero también es cierto que los problemas que desencadenan una ruptura, al tomar el protagonismo del momento, por lo general eclipsan todos aquellos aspectos positivos que estuvieron presentes a lo largo de la historia de esa relación. Solo con el pasar del tiempo las personas, ya con los rencores sedimentados y una óptica del mundo más madura, pueden ser capaces de reconocer aquellos aspectos del otro y de la antigua unión que les hicieron felices y que sólo por ello bien les vale la pena intentar su “reciclaje”.
La explicación de UNA UNA apuntó más bien al peligro de que la “sombra”, que cada uno llevamos a cuesta, no haya resuelto adecuadamente su manera negativa de vivir una relación de pareja y por lo tanto, cuando buscamos revivir alguna, seguramente reeditaremos los mismos “rollos” y las mismas creencias negativas que tenemos con respecto al sexo opuesto y sobre nuestra capacidad de lograr éxito en esta área.

UNO DOS, un tanto más tranquilo y reflexivo, asomó una explicación que sonó a todos un tanto más objetiva. Establecer una relación nueva o buscar reciclar una del pasado, en principio debería responder a los mismos parámetros. Cuando nos encontramos entusiasmados hacia otra persona, del presente o de nuestro pasado, sólo la madurez de quién ha trabajado para ganarle terreno a su “sombra”, puede garantizarnos un buen flechazo de cupido. 

PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

¿Y CON EL “NOSOTROS” QUÉ HACEMOS?
UNO terminó de recoger sus cosas. Como pudo metió en cajas de cartón todo lo que no se había llevado el camión de la mudanza. Con la mandíbula tensa de quién se está conteniendo para no vociferar maldiciones e insultos, quiso apurar este mal trago y rápidamente metió todo en el coche y partió velozmente. Alejándose de lo que había sido su hogar durante tantos años, le pareció ir sintiendo el alivio de quién finalmente se divorcia y deja atrás peleas, infidelidades, desacuerdos y el malestar por no sentirse querido. UNA por su parte, ya había dejado la casa días antes. Más organizada y previsiva se encontraba desde hace más de una semana en un nuevo piso con los dos hijos. Con la firmeza reflejada en el entrecejo, UNA había decidido emprender una nueva vida puesto que desde hace tiempo se sentía engañada y muy poco atendida. A pesar de mantener posiciones opuestas, UNA y UNO coincidieron en la decisión tomada. Desde hace tiempo se veían imposibilitados para mantener una comunicación exenta de peleas y atropellos, de recriminaciones de todo tipo, en fin, de seguir viviendo juntos. Al final, lo que no pudieron o supieron acordar para concretizar la separación, lo dejaron en manos de los abogados.

UNO y UNA se encuentran cada uno haciendo su vida, lejos uno del otro y con la impresión de estar recuperando espacios de libertad. Sin embargo, el “nosotros” que significó su unión, tiene vida propia y otro ritmo. Es cierto que han buscado minimizarlo con arreglos técnicos de horarios, visitas acordadas y otros detalles. También, haciendo “desaparecer” fotografías y recuerdos acumulados en el tiempo de viajes y aventuras comunes. Pero el “nosotros” es persistente. Amigos comunes, actividades de pareja o de familia, los actos de la escuela de los hijos, los vecinos, las actividades en el club, y muchas otras cosas, toman su tiempo en decantarse. Este proceso tomará más o menos tiempo de acuerdo a lo que para la historia personal de cada uno de nosotros significa una separación.

PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

UNO Y UNA BUSCAN PAREJA.
Hoy en día proliferan las páginas en internet dedicadas a encontrar parejas. Registrarse lleva nada de tiempo y en un plis-plas ya uno se encuentra en circulación. Sin embargo, aún persiste la costumbre, más hacia las aldeas y pueblos, que los chicos y chicas esperen con ansias la llegada de las ferias y las verbenas para ponerse su mejor gala y buscar al amor de su vida. En las ciudades siguen siendo frecuentes las parejas surgidas de los compañeros de estudio o de trabajo. También, las que se conocen en los “botellones”, discotecas o fiestas privadas. En muchas comunidades la figura de la casamentera ha sido fundamental para facilitarles las cosas a aquellas personas más retraídas o aisladas geográficamente. Con un lleva y trae de información, las más de las veces “acomodada” por la celestina, los candidatos se predisponen favorablemente hasta caer en las manos de cupido. Este “intermediario amoroso” no sólo facilita, como cualquier aplicación en la red, el encuentro entre personas, sino que sin querer queriendo logra éxito porque actúa en el mundo psicológico de la persona.

UNO y UNA no se conocen y cada uno por su lado anda buscando una compañía. Independientemente del método que decidan emplear y la actitud que asuman, decidida o más bien “como el que no quiere la cosa”, los acompañan en sus propósitos las historias de vida de cada uno. Nuestro potencial lleno de cualidades, destrezas y buenas disposiciones, nos conduce con acierto a lograr los objetivos que nos hemos propuesto. Sin embargo, son nuestras limitaciones y deficiencias las que intervienen de manera subrepticia y decidida en este asunto de formar pareja. Buscamos a nuestra “media naranja” porque no nos sentimos completos y sin percatarnos de ello ponemos en “el otro” la responsabilidad de hacernos felices. Con esta base, el futuro de cualquier relación se hace muy incierto.

PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

EL JUEGO: A PUNTO DE SER PILLADO
Muchos de nosotros seguramente hemos mentido por lo menos una vez a lo largo de nuestras vidas. El mentir, admitámoslo o no, es una de las maneras de comunicación que empleamos con frecuencia cuando nos relacionamos con los demás. Cuando los niños nos mienten casi siempre los increpamos de inmediato, no tanto por lo que nos quieren ocultar sino por este oprobioso comportamiento de mentir. Con tono agresivo y gesticulación amenazante, tendemos a leerles la cartilla sobre la importancia de no engañar a nadie, de ser honesto y presentar la verdad por encima de todas las cosas. Sin embargo, bien sabemos en la vida adulta que una cosa es lo que se predica y otra bien distinta es la que se practica. Mentimos para engañar al otro y alcanzar un objetivo, para ocultar un hecho que nos avergüenza o puede ameritarnos una consecuencia negativa. Culpa y angustia son dos emociones muy presentes en este comportamiento.
UNO y UNA empezaron ocultándose pequeñas cosas como el verse con alguna expareja, realizar algunas acciones prohibidas en la relación, o haber sentido alguna emoción desagradable con el otro en un momento dado y nunca haberlo comentado. De nuevo, lo importante no son tanto los hechos en sí mismos, sino el haberlos ocultado. Una de las condiciones inherentes al éxito en una relación, de sociedad o de pareja, es la honestidad. Con el ocultamiento surge la desconfianza y la duda porque, aunque uno desconozca lo ocurrido, “algunos indicios” nos revelan de alguna manera de que algo puede estar ocurriendo. Esta “intuición” surge de nuestra capacidad de observación y del conocimiento que hemos venido adquiriendo día tras día sobre la otra persona.  Cuidarse de no ser descubierto termina siendo parte del comportamiento usual de UNO y UNA. Y es aquí en dónde empieza el juego de: A PUNTO DE SER PILLADO. Cualquier detalle puede convertirse en un indicio y cualquier explicación en una excusa que refuerza la duda, aunque no demuestre el “delito”. Cada vez menos y más lejos, va quedando energía o disposición para el disfrute de una entrega plena y total.


PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

VIDAS PARALELAS
UNA nunca supo lo que significa disfrutar de un buen apego. Desde siempre, “su tiempo” y “sus caricias”, ya escasas en el ambiente familiar, tuvieron que ser compartidas con sus otros hermanos. Pero UNA esto jamás lo tuvo claro. La necesidad de tener relaciones afectivas estables, como cualquier niño, es decir, la necesidad de sentirse querida y cuidada de manera constante, nunca existieron para ella. UNA desde muy pequeña aprendió a ser muy servicial y obediente. Todos la destacaban como una excelente hija y muy aplicada estudiante. Estas fueron las fuentes de sus primeros reconocimientos, mucho más verbales que físicos. Ya a partir de la adolescencia su belleza femenina empezó a reportarle mucho más interés, sobre todo por parte de los chicos. Muy pronto se encontró enredada en amoríos muy grandes para su inmaduro corazón. Tropiezo a tropiezo le fueron pasando los años y de repente se encontró siendo parte de una familia.
Hoy en día, UNA aún no se siente querida y a pesar del amor que le profesan su hijo y su marido, no puede desprenderse de ese vacío que viene cargando desde siempre en el pecho. Dejó de ser servicial alejándose de los amigos y de los familiares. Los estudios que tan exitosamente realizó, nunca los empleó. A UNA lo único que la saca de la modorra cotidiana es saberse atractiva, qué a pesar de los años, aún puede y sigue conquistando. Le interesa tan sólo esa primera parte del coqueteo y algunos eventuales encuentros porque lo que viene después, reconoce que no sabe gestionarlo. Nunca aprendió y aún no sabe cómo entregarse amorosamente a alguien y cuando lo ha intentado ha terminado mal o en su actual aburrimiento. La culpa, la angustia de ser descubierta, el qué dirán, son parte de su presente actual, de su actual vida paralela que cada vez más la aleja de poder encontrarse a sí misma.



jueves, 31 de agosto de 2017

PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

NI TAN BLANCO, NI TAN NEGRO.
UNO se tumbó de golpe en un banco del parque. Venía corriendo por las veredas como parte de un entrenamiento cuya única estructura respondía a las ganas del día. Con la lengua afuera y el cuerpo torpe como consecuencia de la desproporcionada exigencia al que venía sometido esa mañana, al sentarse golpeó a un anciano con una larga barba blanca que tenía la mirada perdida en el horizonte. Le pidió disculpas mientras se apartaba el sudor de la frente y el anciano, sin inmutarse y con una voz suave y penetrante, le respondió.
_ Soy yo más bien quien te agradece porque esta coincidencia reconduce mi meditación hacia confines desconocidos.
_ Pero … disculpe, yo lo que veo son pajaritos cantando sobre la copa de los árboles. Acotó UNO.
_ Más allá de lo obvio, existen estados de ánimo que logran salir a flote y nos regocijan el corazón.
_ Pero… mientras usted ve los pajaritos, o más bien, el no sé qué en el no sé dónde, yo veo a la gente paseando y oigo la música de unos raperos mezclada con el fluir de las patinetas.
_ Puedo comprender lo difícil que resulta alcanzar ciertos niveles de conciencia. Años de concentración y de mantener una vida asceta, son necesarios para tal fin.
_ Pero… no entiendo … si yo logro ver lo que usted ve, o si yo logro llegar a eso que usted dice que es bueno llegar; si lo hago, entonces dejaría de ver, oír o sentir lo que puedo hacer ahora mismo con tan sólo atender a mis cinco sentidos.
_ Hay tantas realidades cuantas mentes existen. La idea es ir más allá en la búsqueda de una paz interna y la verdad absoluta.

UNO confuso se levantó y se fue sin saludar. Volvió a casa inusualmente ensimismado. Por su parte, el anciano lentamente también dejó el banco y se puso en marcha. A los pocos metros una fuerza interna inesperada y desconocida para él, lo sacó de su parsimoniosa vida e hizo que se volteara hacia un corro de niños. Con una gran sonrisa compartió la alegría de uno de ellos que recién había logrado impactar su canica sobre otra.
PSICOLOGÍA COTIDIANA por Rudy Daini

AMIGO. AMIGO EL RATÓN DEL QUESO.
La amistad es una relación afectiva que puede establecerse entre dos a más individuos. La amistad lleva asociados valores como la lealtad, la solidaridad, la incondicionalidad, el amor, la sinceridad y el compromiso. Se desarrolla gracias al trato frecuente y el interés recíproco.
La amistad puede surgir entre hombres y mujeres, familiares con cualquier clase de vínculo, personas de distintas edades, religiones, ideologías, culturas, extracción social e intereses. Incluso con animales. Las relaciones de amistad pueden nacer en los más diversos ambientes y situaciones: el lugar donde vivimos, el sitio donde trabajamos o donde estudiamos, en las fiestas y en las reuniones, en los sitios que más frecuentamos, a través de otros amigos o en las redes sociales.
Para Abraham Maslow, psicólogo humanista, la amistad o filiación es una de las necesidades previas que se requiere satisfacer para autorrealizarnos, es decir, para ser lo que deseamos ser en la vida. Antes de la amistad tenemos en orden de importancia a las necesidades fisiológicas y a las de seguridad.
Nuestro amigo UNO piensa que esta necesidad de la amistad la tiene más que cubierta. Para ello nos presenta como aval a los cientos de amigos que ha acumulado en las redes sociales. Es obvio que no tiene muy claro en que consiste este vínculo. La historia personal de UNO, llena de soledades y desplantes lo hace una persona tan ávida de ser tomada en cuenta que para ello es capaz de cualquier cosa. Busca impresionar a los otros, muchas veces exagerando o mintiendo. Por lo general acomoda la verdad de las cosas para ser el centro de la atención. Las personas que en un inicio se impresionan con su actuación y empiezan a estimarlo, pronto se percatan de la falta de genuinidad y dejan de seguirlo.
Lo que UNO no es capaz de entender mientras no resuelva su carga histórica, es que ser leal, solidario, incondicional, sincero y comprometido, son valores que salen del corazón y no del propio ombligo.